Reconstruyendo

Reconstruyendo

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¿Es lícito reescribir una novela? ¿Conservar el argumento y algunas escenas, cargarte otras y añadir nuevas? Imagino que quien se dedique a esto de escribir se estará diciendo que sí, que él mismo lo ha hecho miles de veces. Es más, no creo que nadie haya cogido la pluma, se haya puesto a juntar letras y ¡hala!. De una tirada. Sin tachar por aquí y poner por allá. Pero no es eso lo que planteo. Lo que planteo es si alguien ha retirado del mercado una novela ya publicada para reescribirla. Y lo planteo porque ese es el caso en el que me encuentro. Más que reescribirla, lo que me propongo hacer con ella es reconstruirla y, ya de paso, reconstruirme a mí mismo como escritor.

Quizá os estéis preguntando el porqué de tan drástica decisión. La respuesta no es simple y requeriría de largas y farragosas explicaciones, pero, grosso modo, se trata de lo siguiente:
Acabada su redacción y corrección, y dándome por satisfecho con el resultado, publiqué (autopubliqué) la obra en Amazon. Le cambié antes el título porque alguien me hizo ver que el que le había puesto era inapropiado, y la llamé Crimen de alto standing. Antes se había llamado La muerte de un pijo. 

¡Ya tenía una novela publicada! ¡Qué contento me puse!
Naturalmente, como la promoción fue escasa y mala, las ventas fueron exiguas. Pero me dio igual. Las pocas que se produjeron cumplieron su misión; mi vanidad (sí, claro, uno también tiene de eso, como cualquiera) se vio satisfecha.
Sin embargo, conforme el tiempo fue pasando, algo en mi ánimo cambió con él. Empezó a asaltarme una duda. ¿No se vendía porque nadie se había enterado de su publicación o porque era mala? Me puse a darle vueltas al asunto hasta que me vi en peligro de caer en la obsesión. En ese momento faltaba poco para cumplirse el plazo de exclusividad de KDP y, ¡oh casualidad!, encontré a un editor que no se negó a leer el manuscrito. Me dijo que le enviara el primer capítulo y que me respondería en un plazo de quince días.
¡Ocho! No quince sino ocho fueron los días que tardó en contestar la editorial pidiéndome el manuscrito completo. Como es lógico, mi moral dio un salto indescriptible. De hecho todavía estoy esperando a que regrese a su posición normal; sigue por las nubes.
Me emplazaron a esperar otros quince días para cerrar tratos definitivamente o desestimar la publicación y… ¡Ooooh…! (léase la exclamación en decrescendo) Han pasado más de veinte y no han dicho ni pío.
Pero mi moral sigue alta. El silencio por respuesta casi siempre se debe al deseo de eludir una incomodidad, es decir, algo no les ha gustado más allá del primer capítulo y les resulta violento decírmelo, o quizá les ocupa un tiempo del que no disponen. En cualquier caso, me habría hecho feliz recibir aunque solo hubiera sido una nota esquemática de cuál ha sido el motivo que les ha inducido a prescindir de la novela. De esa manera mi trabajo de reescritura se vería facilitado en gran medida, pero parece que no va a ser así. ¡Qué se le va a hacer! Lo importante es que algo sí les gustó y por eso aún tengo que usar telescopio para llegar a ver mi moral, encaramada en lo alto del cielo.
Y antes de que por cualquier motivo inesperado se de un batacazo, he decidido reconstruirme. Lo primero que he hecho o, por ser más exacto, he empezado a hacer, es aprender a usar las RRSS. No creáis que es tarea fácil para el encallecido cerebro de un vejete como el que esto escribe, que no se atrevió a usar un smartphone hasta hace relativamente poco. De momento me he puesto con Twitter; no sé si he hecho bien, pero es la que me ha parecido más asequible. Cuando me maneje por ella con un poco de soltura, me meteré con Facebook (tengo una fanpage que parece, la pobre, un faraón momificado y un perfil personal igual de inactivo o peor, si cabe).

En cuanto a la novela se refiere, la he metido en mi Scrivener y la he desguazado. He comenzado a fabricar piezas nuevas, a repintar algunas antiguas, y todo ello lo voy guardando en un montón de carpetas de las que ese maravilloso programa te permite alojar en la sección de investigación. Después vendrá la tarea de ensamblar, soldar, limpiar y pulir, antes de envolver el resultado en un bonito papel de celofán, es decir, asignarle un nuevo título y otra portada.

¿Y si ahora te llama la editorial para decir que echan adelante el proyecto?, me preguntó un allegado ayer mismo.
¡Caray! Qué broma más pesada a estas alturas.
Sinceramente he de manifestar que no sé cuál sería mi reacción. No quiero decir «de esta agua no beberé», pero… Toda mi vida he sido autónomo y, la verdad, ligarme ahora y perder mi libertad me da un poco de yuyu.
Hace un par de días leí un artículo-entrevista en el blog de Alejandro Moreno Sánchezaquí concretamente, y las respuestas de la entrevistada me hicieron pensar bastante al respecto de si es mejor acudir a un editor o autopublicar.
No sé. En principio he tomado la decisión que he tomado y me he puesto a trabajar en ello. Espero que salga todo bien. Si alguien lee esto y se le ocurre cualquier cosa que pueda ser de utilidad, por favor, que haga un comentario más abajo explicándomelo. Estaré muy agradecido.
Ya iré dando noticias del proceso conforme se vayan produciendo novedades. Si todo sale como espero, mi niña volverá a ver la luz a principios de otoño.

¡Hasta la vista! Anímate y comenta. O comparte si lo crees conveniente.


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