¡Reconstruido!

¡Reconstruido!

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El otro día publicaba una entrada explicando la peculiar situación de mi primera novela publicada. Si no la habéis leído, es esta. Después, en esta otra, añadía una novedad. Lo hacía casi en tiempo real y dejaba el tema en el aire para darme tiempo a reflexionar antes de tomar una decisión más o menos definitiva.
Tras darle varias vueltas al asunto, y después de bastantes horas de sopesar pros y contras, he llegado a la conclusión de que vale la pena andar el camino tradicional, es decir, establecer la colaboración con un editor para que este se encargue de la publicación de la obra.
Lo hago teniendo claro que no será todo un camino de rosas. Eso que, estoy seguro, no le pasa ni al más famoso de los autores, ¿me va a pasar a mí? Pero ¿basándome en qué voy a tomar futuras decisiones si no pruebo antes lo que hay disponible?
La reflexión que me hago es la siguiente: Autopublicar es fácil y siempre posible, sin embargo no está tan al alcance de la mano el que te publique una editorial por su cuenta ¡y con su riesgo! Por ende, si tengo esa posibilidad en la mano, ¡caramba!, vale la pena aprovecharla ¿no?
De todo este affaire, además, he sacado un provecho que no esperaba; he aprendido algo que ignoraba. Me refiero al hecho de saber que, como escritor, nunca estaré contento al cien por cien con mi obra.

 
Escritor enfadado

Me explico.

Me habéis oído decir (escribir) que iba a reconstruir mi novela y a mí mismo. Pues bien, no es del todo verdad. En cierta forma, sí que algo de reconstrucción hay en este proceso, pero va a ser (está siendo o ha sido sería más exacto) más de mí que de mi novela. Lo que me ocurrió es que, al tardar la editorial más tiempo del que había yo previsto en responder, me entró una especie de comezón extraña y me puse a pensar cosas raras.

 

No les ha gustado… ¿Por qué…? ¿Qué he hecho mal…? ¿Dónde está el fallo…?

 

Un montón de preguntas cayeron sobre mí y me abrumaron. Por momentos, dudaba de si  la trama era endeble o se trataba de los personajes, que no daban la talla. ¿Estaría mal hilvanada la secuencia de escenas? ¿Había fallos de bulto en el desarrollo de las mismas?

Inseguridad. Eso es lo que me pasaba. Me sentía inseguro, desorientado, perdido, asustado en definitiva.

 

Ya lo sé… Lo que no ha gustado es el planteamiento. Tengo que cambiarlo…

 

Es ahí donde nació la idea de reconstrucción.
Había planteado la historia bajo el formato de novela policíaca, pero no al uso habitual, no. Mi idea era (y vuelve a ser) la de retratar a la sociedad barcelonesa contemporánea y a la ciudad misma. Hacerlo a través de los ojos de un peculiar inspector de los Mossos d’Escuadra, de origen murciano, y de sus colaboradores. Y para ello usar de una serie de relatos criminales en los que lo importante debía ser la descripción del ambiente social y las costumbres, reflejándolos en los personajes. No era mi propósito prescindir de los recursos típicos del género (intriga, giros inesperados, suspense, etc.), pero sí usar de ellos subordinándolos siempre al objetivo principal o incluso obviándolos en algún momento, en pro de la simplicidad.
Eso, lo descrito en el párrafo anterior, es lo que interpreté como causa de que mi novela hubiera sido rechazada. Y, ni corto ni perezoso, me puse a arreglar el desaguisado.

 

¿Queréis lío…? ¿Tramas y subtramas que se entrecrucen hasta el infinito…? ¿Baile de neuronas, sustos, sorpresas, angustia durante cuatrocientas páginas con solución en la cuatrocientos uno…? ¡Pues hale! Al tajo. 

A raíz de esa reflexión, me puse a reconstruir como explicaba en la entrada Reconstruyendo.

Metí la novela en Scrivener, la desguacé y me puse a añadir pequeñas historias paralelas y complementarias a la principal. Alguna de ellas me obligaba a retocar algo que ya estaba acabado. Sin pereza; si se ha de retocar, se retoca. Tardé poco en tener sobre la mesa varios folios llenos de mapas de ideas. 

Y en ello estaba cuando, de repente, suena la campanita del móvil avisando de la llegada de un correo. Miro y… ¡Ah…! ¡Oh…!¡La editorial! Las pulsaciones se disparan más de lo deseable para un tipo que ya lleva un infarto encima.
Voy al ordenador. Abro el navegador (Chrome). Gmail (cuánto tarda en cargar, ¡qué nervios!). Clic sobre el último recibido y… ¡Les gusta mi novela! ¡¡Les gusta mucho!! Abro el adjunto con el informe de lectura. ¡Qué maravilla! Nunca me habían dicho tantas cosas bonitas juntas. Y lo mejor: es el planteamiento en lo que se han fijado y valoran.
Derretido. Así quedó este menda, y aún noto la columna vertebral un poco como si fuese de gelatina.
¿Qué decís, que soy un exagerado? Pues igual tenéis razón. No os la voy a quitar. Pero probad a cumplir sesenta y seis años tras haber estado incubando desde la adolescencia la idea de ser novelista, para ver realizado el sueño. Explicadme entonces si os parece exagerado sentir que las vértebras se os han convertido en gelatina.
Retomando el argumento que exponía más arriba, debo decir que estoy contento. Lo estoy, qué duda cabe, por la suerte de mi novela. Pero lo estoy, sobre todo, por la mía. Porque, a consecuencia de todo esto, me he reconstruido. Antes creía de mí que era más de una pieza, más sólido, por expresarlo de alguna manera, más independiente, individual e impermeable. Ahora sé que no es así. Sé que soy bastante más influenciable, dúctil y maleable de lo que pensaba. Que la opinión ajena me afecta. Que mis verdades son bastante más relativas que absolutas. Y sé, al mismo tiempo, que eso no es malo. Que la inseguridad, si no permites que te domine, puede generar resultados positivos.
En definitiva, volviendo a poner los pies en el suelo, la novela ha vuelto a su estado inicial; trama y desarrollo muy simples y una extensión de treinta y pocas mil palabras. Escrita, o eso se pretende, en lenguaje claro y conciso con la expresa voluntad de evitar la palabra soez, la violencia innecesaria (¿¡…!? Es la historia de un crimen, no nos olvidemos) y el sexo explícito. Creo en la inteligencia del lector para que ponga esos elementos donde corresponda sin necesidad de que los vea escritos.
Eso sí, heredadas del interrumpido trabajo de reconstrucción, se ha hecho con unos cuantos párrafos más que, a mi juicio, la redondean y mejoran notablemente.
Ahora llega el momento de agradeceros que estéis aquí leyendo esto. De verdad, después del rollo anterior, a los que todavía no os habéis ido, muchas gracias.

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