Olga

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Autor: Vicente Corachán
Título: Olga
Extensión: 286 páginas
Edición: Editorial Círculo Rojo

Vicente Corachán, natural de Cornellá de Llobregat (Barcelona) y vecino de Sant Boi de Llobregat, poblaciones adyacentes, vino al mundo en el año 1959.
La delincuencia, el crimen, la figura del detective y la investigación criminalística no le vienen de nuevo ya que antes de regalarnos con sus historias negras, se hallaba ya relacionado con todo ello. Pero cuidado, no se precipite nadie en conclusiones anticipadas; Vicente siempre ha jugado en el equipo de «los buenos».
Hasta principios de los años noventa del pasado siglo, fue miembro de los Servicios de Información de la Guardia Civil para, a partir de esa fecha, dedicarse a la investigación privada tras abrir su propia agencia de detectives. Veinte años más tarde, aproximadamente, escribe su primera novela, Un cadáver para un detective. Eso ocurrió en 2011 y desde entonces no ha cesado en su actividad literaria. Seguramente influyó en ello el hecho de que su opera prima recibiera el premio del Colegio de Detectives Privados de Cataluña.
Entregado al mundo de la novela negra, en 2013 se convierte en comisario del festival de novela negra de Collbató para colaborar más tarde en el Sant Boi Criminal y el Cubelles Noir. Crea, junto a otros escritores, Aut@rs de Cornellà y Lletraferits de Sant Boi. Además, colabora en programas televisivos como la serie documental de Canal 33 Detectius y el programa Línia de servei de ETV (Televisió del Baix Llobregat). Figuran relatos suyos publicados en las antologías Propera parada: CornellàOvnipresents, Cornellà mata, Cornellà Eros y Lecciones de asesinos expertos.

Pero el objetivo de esta reseña es hablar de una de sus novelas, Olga, y, para entrar en materia, transcribimos a continuación el texto de contraportada.

«Gumersindo Hierro, Gumer, es un detective al que han solicitado una investigación, aparentemente normal, que le cambiará la vida por completo. Sin darse cuenta, se da de bruces con la muerte y se ve enfrentado a su ingreso en prisión como autor de un asesinato.
Una situación de supervivencia en la que el detective mantendrá una encarnizada lucha contra el inspector de policía que lo ha detenido, y contra su propia inteligencia, para poder demostrar que lo han utilizado.
Olga, una exuberante mujer, que aparece de la nada en su vida, será la encargada de hacerlo dudar de hasta dónde está implicada en ese desagradable asunto.
Una historia de amistad, lealtad, miedos y rencores que mantiene al lector en vilo comprobando los peligros por los que atraviesa la profesión de un detective y cómo nos puede cambiar la vida en según qué situaciones.

Mucho se ha escrito sobre la novela negra, unas veces con más y otras con menos acierto. Quizá una de las mejores aportaciones la leí un tuit cuyo autor (no recuerdo su nombre) afirmaba considerar cuatro elementos como constitutivos de dicho género: el antihéroe, el medio urbano a modo de laberinto, la mujer fatal y cierta venalidad general ya que «nadie es derecho».
En la novela de V. Corachán encontramos tres de esos elementos, pero, sorprendentemente, falta el cuarto o, al menos, parte de él.

En primer lugar, tenemos a Gumersindo Hierro, Gumer para los amigos y protagonista de la historia, que es casi un perfecto antihéroe. Cierto que lidera la acción y que posee las claves y el carisma necesarios para desvelar los enigmas planteados, pero dista mucho de ser el héroe al uso que estamos acostumbrados a identificar en otros géneros más cercanos a la aventura, por ejemplo.
Las poblaciones del cinturón industrial de Barcelona y la ciudad de Madrid, qué duda cabe, cumplen con la segunda condición; medio urbano como laberinto.
Olga, personaje coprotagonista que da nombre a la novela responde a la imagen de «femme fatale»; Obsérvese que, vestida un poco más a la moderna, uno puede imaginársela con el rostro (y el cuerpo, claro) de Rita Hayworth, Ava Gardner o, mejor aún, Ida Lupino. Y nadie se atreverá a negar la feminidad ni la fatalidad de las tres.
Pero llegados al cuarto elemento, la cosa cambia. Esa venalidad que propicia la fácil compra de las voluntades no es generalizada. Encontramos en Olga a algunos personajes íntegros, no todos, claro, que con su hacer dan un aire diferente y muy discretamente renovador que se agradece. Ello es la causa de que lo que habíamos tomado en principio como una repetición más, una copia descarada de las miles que hay escritas, se revele pronto como una novela original o, al menos, con un factor de originalidad que le confiere un plus.

Establecido pues que lo mejor de la obra no está en su estructura sino en su, digamos, composición orgánica, cabe significar, y así debe hacerse, que su armazón argumental, no por no ser lo mejor es malo. Al contrario; cumple con todos los requisitos y no defraudará a nadie.
Otra cosa es la forma y manera en que se exponen los hechos. No diré, porque sería injusto, que el relato no esé bien construido. Sin embargo hay que dejar constancia de que, en mi humilde opinión, sería mejorable. Lo explico.

Creo que Olga adolece de un ritmo algo irregular. A mi modo de ver, dura demasiado el planteamiento o, lo que es lo mismo, la historia tarda más de lo conveniente en arrancar del todo. Creo sinceramente que si la información ofrecida al lector en las ochenta o noventa primeras páginas se sintetizara en cincuenta, por ejemplo, el espacio ahorrado se podría usar para estirar un poco más el camino que conduce al magnífico clímax. Ello haría que el lector se metiera antes en la historia y se llegara a identificar con Gumer más fácilmente. El clímax, por tanto, sin necesidad de añadir nuevos elementos que no necesita, resultaría más «jugoso».
Y lo mismo ocurre, pero al revés, con la parte final. Cierto que no podemos cerrar las tramas y subtramas sin repartir la debida leña y dar a cada uno lo que merece; eso es algo que el lector nunca perdonaría. Pero vuelvo a decir: ¿hacen falta tantas palabras? Quien escribe esta reseña es de la opinión de que si el lector llegase al bien planteado final de la obra, no con el regusto sino con todo el sabor del clímax en la boca, el éxtasis alcanzaría cotas muy superiores.

Los dos párrafos anteriores no deben interpretarse sino como mi muy personal opinión, nada más. No crea ni por un momento quien esté leyendo estas líneas que se va a aburrir durante las cien primeras páginas de Olga. No. Ni mucho menos. Tampoco deseará cerrar el libro ni una frase antes de haber llegado al final.
La novela cumple a la perfección con lo que debe y quien se aventure en su interior, lo prometo, pasará un buen rato.
Por si alguien decide hacerme caso y desea hacerse con ella, a continuación dejo un par de enlaces en donde se puede adquirir.

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