La tumba de Vera Thwuait

La tumba de Vera Thwuait

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Autor: Ana Bolox
Título: La tumba de Vera Thwuait  Crispin Horsfall 1
Extensión: 126 páginas
Edición: Autoeditado en Amazon

De nuevo nos encontramos ante una novela de Ana Bolox. Esta vez, por su extensión, tal vez deberíamos decir novelette en lugar de novela. Es igual, ¿qué más da la denominación exacta? El caso es que se trata de una historia lo suficientemente compleja y extensa como para no poder ser considerada un cuento o relato.
A estas alturas y en este sitio, después de haber reseñado la totalidad de la obra de la autora —la de ficción, porque también ha escrito libros técnicos—, no queda mucho por decir respecto de ella que pueda ser incluido en esta sección preliminar de aspectos generales. Así pues, mejor será ir directamente a la transcripción del texto de la contraportada o descripción del producto, como lo llama Amazon en la versión digital de las novelas.

«La vida de Crispin Horsfall en Wettingham no es tan apacible como él quisiera. Observador y con inquietudes científicas, Crispin aspira a una existencia tranquila dedicada a sus hobbies, como descifrar inscripciones funerarias en el pequeño cementerio local, esquivar los planes casamenteros de su madre o esperar algún que otro paquete misterioso del cartero. Pero cuando es enviado a la mansión Royceston, en misión maternal, para resolver el despido improcedente de una criada, nada le hace sospechar que acabará por descubrir un asesinato. Quizá habría hecho mejor en quedarse unos días más en Harrogate, tomando los baños con tía Cassia».

Un posible Crispin Horsfall

«—Buenos días, madre.
—Esta mañana te marchaste sin darme un beso. ¿Has hablado con Alfred?
—Según tus deseos.
—¿Y?
—Dice que no readmitirá a Becky. Una noticia que, me atrevo a conjeturar, no despertará tu asombro.
—Pues conjeturas mal.
Crispin enarcó las cejas de forma casi imperceptible en un gesto que tanto podía interpretarse de desconcierto como de burla.
—¿Acaso esperabas un desenlace distinto?
—¿Y tú acaso lo dudabas? Estoy segura de que te has mostrado impertinente.
—Me atrevería a decir que fue Royceston quien manifestó su impertinencia con tan poco tacto que transformó el hecho de tolerarla en una prueba harto espinosa.
—Bobadas. Apostaría mi vajilla Wedgwood a que tu incompetencia habrá tejido un despropósito tras otro.
—Entonces ve haciéndote a la idea de servir el té a tus amigas en el juego Rosenthal que te regaló tía Cassia.
Crispin sonrió para sus adentros. Su madre se había cerciorado de enterrar en las profundidades abisales del aparador la vajilla alemana que su cuñada había elegido para ultrajarla la última Navidad. Hacía casi veinte años que la Gran Guerra había finalizado, pero los sentimientos germanófobos de su madre igualaban el aborrecimiento que sentía por los franceses, un hecho que tía Cassia solía aprovechar».

En cierto aspecto, esta es la mejor de todas las publicaciones de A. Bolox. Lo es, no porque la historia relatada sea más interesante o esté mejor resuelta que las anteriores. Tampoco porque los personajes —Fantásticos personajes— estén mejor construidos. La diferencia se encuentra en la voz del narrador.
La autora ya nos tenía acostumbrados a una prosa pulcra y bien cuidada a lo largo de todas sus obras. Es con ello con lo que el lector espera encontrarse y deleitarse, pero, ya desde la primera página, es consciente de hallarse ante algo diferente. Conforme se adelanta en la lectura, se descubre un nivel literario en el que el uso medido y muy cuidado de la construcción sintáctica y del léxico resulta en un texto fluido y terso de gran sonoridad.

 

El trato que Ana Bolox da a la narración de los hechos es, conceptualmente, el mismo que ha venido utilizando hasta la fecha. Descripciones ceñidas a lo estrictamente necesario que no se pierden en detalles inútiles, diálogos precisos, un gran sentido del ritmo y el aderezo, siempre agradable, de ese sutil toque de humor que, a modo de pinceladas sueltas, contribuyen a dar relieve. Todo ello, junto con lo dicho anteriormente, es lo que eleva a La tumba de Vera Thwait por encima, muy por encima, del nivel medio de la mayoría de las novelas policíacas o de misterio que se publican. Llega incluso a conseguir una urdimbre casi Wodehousiana, si entendemos, claro, cosa harto difícil de entender, a un Wodehouse al margen de la comedia.

En cuanto al argumento, poco se puede decir más allá de lo mencionado en el texto de contraportada 
transcrito ya en esta reseña, sin correr el riesgo de destripar. Solo diremos que no hay policías ni detectives convencionales, pero sí misterio, ¡mucho misterio! Y también, para los que gusten de ello, una considerable dosis de costumbrismo.

Poco más queda por mencionar, salvo reiterarme en el acierto —a mi entender— del formato escogido; novelette o novela corta. Sus 126 páginas son suficientes para albergar la historia con todo lujo de detalles y, al mismo tiempo, lograr que la lectura se haga ligera, consiguiendo eso tan deseado por todo escritor y que consiste en, llegado el final, dejar al lector con ganas de más.
No sería justo acabar sin hacer mención de la portada. Se trata de una magnífica ilustración de Antonio Juan Arroba Fernández que realza la obra y colabora muy notablemente en el logro de una perfecta ambientación.

Lo que podría ser Wettingham

De todo lo dicho, querido lector, harás bien en deducir que no debes perderte esta novela, o novelette, o novela corta, o novelita si te gusta más.
Por si te animas —Harías bien—, te dejo los dos enlaces para hacerte con ella:

 
 

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