La tía Angustias ha muerto 5

La tía Angustias ha muerto 5

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Capítulo 5

—La noche pasada, a las doce en punto, la tía Angustias fue despertada por algo; imagino que algún ruido hecho adrede. Cuando abrió los ojos y quiso encender la luz para ver lo que pasaba, no lo consiguió porque el interruptor estaba estropeado. Sin embargo, aun en plena oscuridad, distinguió una forma junto a la ventana. En principio no supo lo que era, pero conforme su vista se amoldaba a las circunstancias, fue definiéndose. No sé en este momento cuál era dicha forma aunque me atrevo a asegurar que debía parecerse a un ser humano o quizá a algún animal de gran tamaño. Lo que sí me atrevo a asegurar es que desprendía luz.
››Quiero que se imaginen ustedes en la tesitura de la pobre anciana. Indefensos en mitad de la noche, a oscuras y contemplando un ser fantasmagórico y luminiscente en su propia habitación. ¿Qué no llegarían a imaginar? ¿A qué ritmo batirían sus corazones? Y si uno de esos corazones fuera débil y enfermo ¿cuál sería la consecuencia?
››Pero no acaba aquí la cosa. No. ¡Qué va! Por si la muerte no ocurriera de forma inmediata, (como lo demuestra la posición de los brazos), han de imaginar que ese ente aterrador cobra movimiento, se eleva en el aire y se abalanza sobre ustedes, es posible incluso que acompañado de sonidos lúgubres.

Porras tuvo constancia de que su petición había sido atendida porque se oyeron gritos entre los reunidos y se vieron gestos que demostraban miedo.

—Eso es lo que le ocurrió a la tía Angustias y no creo que cueste adivinar cuál fue la consecuencia.

Don Alfonso miró receloso al sargento y objetó:

—Pero usted no puede saber…. Además, eso es una tontería.

—Es pura deducción, señor cura.

Sabía que le molestaba que lo llamaran así.

—Deberá explicarse.

—Lo estoy haciendo.
››En la casa había cinco personas, la tía Angustias, María, Damiano y los dos hijos del matrimonio. Estos últimos no los tendremos en cuenta porque, como bien ha apuntado alguien, los niños duermen profundamente y no se enteran de nada.
››La Tía da un grito capaz de despertar a los vecinos (Téngase en cuenta que, a causa del frío, todos tenemos nuestras casas bien cerradas) y acudimos a enterarnos de lo que ocurre y ofrecer nuestra ayuda si es necesaria. ¡Ah! Pero resulta que el alarido capaz de traspasar muros y calles no ha despertado al matrimonio Perales. Hemos de aporrear la puerta, al menos durante cinco minutos, para que salga Damiano indignado y detrás su mujer con cara de sueño. ¿No les parece extraño?

Entre el padre Alfonso y un vecino del pueblo sujetaron al mencionado que amenazaba con lanzarse sobre el sargento con no demasiado buenas intenciones.

—Esos mismos dormilones fueron los que se mostraron reacios a dejarnos subir para averiguar lo que le ocurría a la tía Angustias. No lo consiguieron y, a nuestra llegada, la encontramos como todo el mundo sabe.
››Críspula y Evarista, mujeres piadosas, se apresuraron a recomponer el cadáver devolviendo una apariencia de dignidad a la difunta, pero a la hora de cubrirlo no encontraron una sábana para hacerlo. El cuerpo del ropero destinado a guardarlas estaba cerrado con llave y la dueña de la casa aseguró no saber dónde se hallaba esta ya que se había dado por perdida mucho tiempo atrás; otro detalle anómalo aunque con una muy plausible explicación.
››Acude el vicario…

—¿Eso también es raro? —preguntó este, airado.

—No he dicho tal cosa. Sin embargo, su presencia, por asociación de ideas (usted me perdonará), me hizo mirar hacia casa de Bernarda. Allí sí se producía otro hecho raro.

—No tengo nada que ver con lo ocurrido aquí —aseguró la bruja.

—Tampoco yo lo digo —manifestó Porras—, pero cuando mi vista alcanzó su casa estaba usted bailando en la terraza. Convendrá que no es lo normal para hacer en una noche especialmente fría del mes de febrero, bajo una fenomenal tormenta, en un recóndito valle del Pirineo aragonés.

—¿No dicen que soy una bruja? —habló Bernarda con una mezcla de arrogancia, desprecio y rabia—. ¡Pues eso es lo que hacemos nosotras!

—¡No, no! —sonreía el sargento meneando el índice de un lado a otro—. Usted estaba en pleno ritual. Cierto. Pero no por gusto sino por obligación. Al menos por lo que usted se ha autoatribuido como tal —¿Valía la pena hacer una referencia a la similitud con las obligaciones litúrgicas de don Alfonso? Porras lo dejó correr y prosiguió—: Sin tener nada que ver con lo acaecido en esta habitación, como le pasa a don Alfonso —No lo pudo resistir—, practicaba usted sus liturgias al igual que sus rezos el vicario, con los mismos o parecidos fines.

Aquellos dos, se podría decir que compañeros a la vez que antagonistas, cruzaron una larga y sostenida mirada cargada de muchas cosas, pero ambos guardaron silencio.

—El hecho extraño es que ese ritual lo practicara en aquel momento y de cara a esta casa. Me pregunté si quizá pudiera saber algo que yo ignorase, hice una alusión en voz alta y nuestro querido cura se enfadó. Al día siguiente, es decir, esta mañana, mantuvimos la conversación que ya conocemos. De ella se deriva el hecho más extraño de todos. A saber: la escena que acabó con la vida de tía Angustias se había producido, por repetido, las dos noches anteriores en la buhardilla.
››El último hecho, este absolutamente fortuito, se ha producido hace unos minutos. Es el que me ha abierto definitivamente los ojos. Hablo del tropezón y posterior caída de Bernarda. Caída durante la cual la linterna que llevaba en la mano ha iluminado el cuerpo y la cara de la mujer de una forma extraña, de abajo arriba, dándole un aspecto absolutamente terrorífico en medio del apagón.
››Si la tía Angustias, con su débil corazón, hubiera sido testigo de la escena estando sola, me he dicho, seguro que el desenlace habría sido fatal. Ello me ha hecho pensar en que un muñeco adecuadamente iluminado habría surtido el mismo efecto.
››¿Un muñeco construido con cañas y ropa vieja? Eso explicaría la presencia del saco, los trozos de cordel y las astillas en el desván.
››Pero el corazón de la tía Angustias resistió unos segundos más de lo previsto y dio tiempo de que lanzara aquel brutal y desgarrado alarido que nos despertó.
››No había tiempo de deshacerse del muñeco porque ya empezábamos a aporrear la puerta. He aquí el porqué de la tardanza en abrir y de la reticencia a dejarnos pasar.
››Bernarda afirma que el ‹‹aborrecible ser del submundo›› se desplazaba por el aire, sin tocar el suelo… ¡La polea! Al fin supe para qué había servido la polea o, mejor dicho, ‹‹las›› poleas. Porque fueron dos y no una. La de encima de la cama fue quitada y seguramente la encontraremos junto al muñeco, pero la otra, ya sea por descuido o por falta material de tiempo, se quedó puesta. —El sargento se dirigió a la mujer de Damiano—: Muy ingenioso lo del candil, señora Perales. Pero la electricidad llegó a este pueblo hace casi setenta años y ese artilugio no pasa de los dos o tres.
››Iluminado descubrió dos agujeros en una viga de la buhardilla. Si se toman la molestia de ir a verlos, cosa que no les aconsejo, comprobarán que están dispuestos de la misma forma que estos —señalaba la polea que ahora sostenía la luz y el agujero que había dejado en el otro lado de la viga—. Supongo que no es tarea fácil hacer mover un muñeco de tamaño natural de forma convincente; hay que ensayar antes. He aquí el porqué de los agujeros de Iluminado que no fueron hechos por unos inocentes cáncamos para tender ropa sino por las dichosas poleas que servían para sostener un cordel a modo de rudimentaria tirolina.

El sargento hizo una pausa durante la cual se produjo un silencio sepulcral. Al poco, se volvió hacia la dueña de la casa diciendo:

—La pobre tía Angustias descansa bajo una sábana pequeña para su lecho. Será mejor cambiarla por una de su medida ¿Me da la llave del armario, María?

La mujer de Damiano se quedó lívida. No sabía qué hacer ni dónde mirar. Al final, metió la mano en el bolsillo del delantal y dio a Porras lo que le pedía.

Cuando el ropero fue abierto, todos pudieron ver, sobre un montón de sábanas limpias, una especie de espantapájaros hecho de cañas atadas con trozos de cordel. Estaba vestido con harapos y le cubría la cara una máscara de silicona, de las que venden por carnaval, que representaba una calavera. En su interior, cogida con alambres, se sostenía una linterna enfocada hacia arriba.

Al sacarlo, cayó algo al suelo. Era una polea de esas que tienen un tornillo, igual a la que ahora sostenía la luz de la cama de la tía Angustias y que nunca había sostenido ningún candil.

—Ahora el ayuntamiento lo tendrá más fácil —comentó Porras.

—¿Qué será más fácil? —quiso saber don Alfonso.

—Lo del desahucio. La tía Angustias estaba arruinada desde que hace unos años alguien la engañó y compró unas acciones preferentes de una caja de ahorros. No pagaba los impuestos y la casa está embargada. El ayuntamiento está reteniendo una orden de desahucio porque le daba pena. Parece que no había dicho nada a sus sobrinos.

Los oídos de don Alfonso estuvieron a punto reventar al escuchar la sarta de blasfemias que salieron de la boca de Damiano.

 

FIN


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2 comentarios en “La tía Angustias ha muerto 5”

  1. Jajajajajaja han tenido lo que se merecen. Buen final.

    Es posible que el sargento Porras diera para más historias cortas como esta. Creo que es una pena cuando las ideas se quedan solamente en una historia. Quizá se puedan hacer varias historias ligeras como esta. Imagino que es raro que haya crímenes en un pueblo tan pequeño, pero Porras podría haber estado destinado en otros lugares, donde también haya vivido casos. Lo dejo caer.

    • ¡Hola!
      Me alegro de que te haya gustado.
      Hay más historias del sargento Porras. Tengo dos acabadas; una algo más larga que la de la tía Angustias, de unas doce mil palabras, que se titula El pozo del cementerio y un cuento corto navideño, de unas tres mil, que se llama La bruja, el belén y los barrechaos.
      Pero no acaba la cosa aquí, no. Aunque no está terminada, existe otra sobre la que estoy trabajando. Está relacionada con el popular cuento de la Caperucita roja, pero esta es más compleja que las anteriores; calculo que puede alcanzar las treinta mil palabras.
      Por ahora no tengo decidido si las iré publicando aquí en el blog o compondré un volumen con varias a modo de antología; ya veremos.
      Quizá me ayudara a decidir el recoger lo suficiente con las dos novelas que tengo publicadas como para afrontar el coste de un corrector profesional. Si tal cosa ocurriera, muy posiblemente me decantara por la publicación en forma de libro. Pero me echa para atrás la profusión de errores como muetecico por muertecico u otros de mayor enjundia que, me consta, cometo cuando escribo y no soy capaz (no lo es casi nadie o puede que nadie) de autocorregir.
      Mientras dilucido mis dudas, eso sí, continúo escribiendo. Me lo paso en grande juntando letras y cuando alguno de vosotros manifestáis interés en mi humilde obra, el placer crece hasta cotas casi orgásmicas.
      ¡Un abrazo y un millón de gracias!

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