La tía Angustias ha muerto 4

La tía Angustias ha muerto 4

Comparte

Capítulo 4

La concurrencia, muda de terror, no se atrevía ni a recular siquiera. No, hasta que la pobre bruja dio un traspiés y se abalanzó hacia delante.

—¡Ah…! —gritó la mujer mientras caía.

—¡Ah…! —gritó el resto, a coro, incluido don Alfonso mientras, esta vez sí, reculaban un paso.

Se formó un griterío y hubo cierto alboroto. El sargento instó a su sobrino a que se situase en la puerta y, por nada del mundo, permitiese a nadie salir de la estancia. Cuando estuvo seguro de que ninguno de los presentes podría abandonar la alcoba sin vérselas con Iluminado, cosa harto peligrosa para cualquiera que lo intentara, llamó la atención golpeando el entarimado con el tacón de sus botas mientras llamaba a gritos:

—¡Señoras y señores!

El sonido fue aminorando y en el momento en que se produjo silencio continuó hablando.

—Me veo en la muy triste situación de tener que informar a los vecinos de Casones que la ciudadana conocida como ‹‹La tía Angustias›› murió la noche pasada, víctima de un homicidio intencionado, es decir, asesinada.

Otra vez las voces invadieron el ambiente. Las expresiones de asombro se mezclaban con las de incredulidad y con las de indignación.

—La Tía ha muerto de un ataque al corazón —aseguró airado Damiano—. Todo el mundo lo sabe.

—¡Claro!

—¡Sí!

—¡Cómo se atreve!

Unos cuantos increpaban al sargento mientras otros pedían silencio a fin de que pudiera explicarse con mayor claridad.

—Iluminado nos ha iluminado…

—¡Ja, ja, ja…!

Eran las primeras risas que se oían en el pueblo desde hacía veinticuatro horas.

—Quise decir el guardia Iluminado Porras —corrigió el sargento—, nuestra querida y nunca demasiado admirada convecina Bernarda…

Murmullos de desaprobación.

—… y, por supuesto, don Alfonso.

Todos, de Bernarda al padre Alfonso, pendían de los labios del sargento de la policía municipal de Arnansué, Agapito Porras.

—Un detalle llamó mi atención nada más entrar en esta habitación la noche pasada: la posición en que encontramos el cuerpo de la difunta. Admito que el dolor pueda haber sido la causa del encogimiento de piernas, pero… ¿Por qué aquella postura de brazos? No supe entenderlo entonces. Algo, a su juicio, la amenazaba e intentó zafarse de ello protegiéndose de aquella manera. No me cabe la menor duda. Por eso manifesté mi deseo de que nadie tocara nada, sobre todo el cuerpo de la difunta, hasta que llegara un juez, ¿lo recuerdan?

Críspula y Cliseo asintieron y Fructuoso pronunció una obscenidad a cuenta del estamento judicial.

—Algo, sin yo mismo saberlo, me llamaba a reclamar una investigación de lo ocurrido en esta habitación y es por eso que no bajé la guardia.
››No quise llamar la atención ni despertar la sospecha de nadie sobre mi todavía borrosa intuición. Lo que sí hice fue tomar las debidas precauciones y, si se fijan, no permití que este cuarto quedara sin vigilar ni un solo instante. Esperé un buen rato para que mi sobrino, policía del municipio, recuérdenlo, hubiera dormido el suficiente número de horas e hice que me relevara en la guardia para poder dormir yo también.
››Si recuerdan, durante la tormenta, apunté la posibilidad de que Bernarda hubiera sido testigo de la muerte de tía Angustias, lo que encolerizó a don Alfonso. En ese momento tomé la decisión de, al día siguiente, ir a visitarla y saber de primera mano su versión de los hechos.
››Antes, ocurrió el incidente en que casi la diña el cura

—¡Eh, oiga! —se quejó este.

—Le pido perdón. Debería haber dicho el accidente de la ventana, el viento, la estola de don Alfonso y la polea en la viga. Por cierto… Una cosa extraña aquella polea allí, ¿no creen?

Damiano saltó como una fiera.

—¡Ya dijo mi mujer por qué estaba! ¿No hay bastante con eso?

—Lo del candil, ¿recuerda? —Apuntó María con voz tímida.

—¡Claro! —Concedió Porras—. Lo del candil, es cierto.

Hizo una pequeña pausa y señaló a la bruja para seguir diciendo:

—Esta mañana he ido a ver a Bernarda. No la he encontrado en su casa y he tenido que buscarla por ahí.

—Estaría celebrando aquelarre —opinó irónico don Alfonso.

—¡Bruja!

—¡Miserable!

—¡Asesina!

Las iras del pueblo amenazaban desatarse.

—¡Calma! —reclamó Porras—. Y, sobre todo, no se precipiten en sus juicios.

—Ya le he dicho esta mañana que no le tenía miedo —dijo Bernarda—. A ellos tampoco.

—Esta mañana ha mentido igual que lo he hecho yo al decirle lo mismo a usted. Pero ahora es diferente. Ellos —El sargento hizo un gesto amplio señalando a la concurrencia—. le muestran temor por inercia, por costumbre, por cultura, pero no por convicción. Y menos cuando están en grupo. Si sospechan que les puede usted agredir de alguna manera, sepa que tiene los minutos de vida contados.

—Nunca he agredido a nadie.

—Es igual, si lo creen así.

—¿Qué pretende ahora de mí?

—Que relate, lo más fielmente posible, nuestro encuentro de esta mañana y diga lo que me ha explicado.

Bernarda hizo lo que le pedía Porras sin omitir ni el menor detalle. Cuando acabó, volvió a tomar la palabra el sargento.

—Cada uno bajo su prisma, don Alfonso y Bernarda comparten lo terrenalmente sustancial de este acontecimiento, es decir, que alguien le ha robado el alma o espíritu a la tía Angustias.

—Mucho habría que matizar lo que afirma usted para poder admitirlo —se quejó, molesto, el sacerdote.

—Ese tipo de matices —contestó Porras categórico—, no me corresponde a mí juzgarlos. Yo solo opino de lo que se puede ver y tocar con las manos.

La tensión crecía y nadie se atrevía a decir nada salvo el sargento que continuó explicando:

—Y si hubo robo, necesariamente hubo también ladrón. Sé quién es, sé que está ahora mismo aquí y me propongo desenmascararlo.

Vocerío general otra vez. Quejas, algún insulto y unos cuantos, asustados, intentaron marcharse.

—El guardia Porras ha recibido la orden expresa de no dejar salir a nadie. Así que será mejor que se calme todo el mundo.

Se restableció el orden y, cuando cesaron los murmullos, el sargento añadió:

—Este es el momento de volver al principio y repetir lo que dije: Iluminado me ha iluminado. Sin su capacidad de observación, yo no podría haber resuelto este caso.

El enorme agente ensanchó los mofletes y su boca dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

—Tras la conversación que mantuve esta mañana con Bernarda, quise ver la buhardilla. Como esta habitación se hallaba llena de gente y podía decirse que se autovigilaba, me llevé al guardia y, entre los dos, echamos un vistazo. No había mucho que ver más allá de un baúl vacío, un saco con ropa vieja y polvo en el suelo sobre el que se dibujaban señales evidentes de haber arrastrado algo. ¿Quizá el saco?
››En lo que sí me fijé es en la ausencia de cristales en las ventanas. Ventanas desde las cuales se goza de una perfecta visión de casa de Bernarda. El agente, sin embargo, se fijó en algo mucho más importante. Me llamó la atención sobre la costumbre de la familia Perales de agujerear las vigas y él mismo dio una muy plausible explicación del hecho. Opinó que seguramente hubo clavos en aquella viga para sujetar una cuerda en la que tender la ropa mojada los días de lluvia.
››Fiel a la máxima de que, en una investigación, todo lo que no es absolutamente normal hay que observarlo y valorarlo aparte, aunque parezca no tener relación con el caso, hice memoria y me vinieron a la mente varias cosas que cumplían la condición expuesta.

Hizo una pausa en el discurso mientras apartaba a la gente de delante del lecho de la tía Angustias.

—Miren —ordenó señalando el cadáver—. ¿Ven algo que no sea absolutamente normal?

Silencio por respuesta.

—¿En las camas de todos ustedes, las sábanas cuelgan apenas cinco centímetros por cada lado?

—¡No!

—¡Qué tontería!

—Palmo y medio ¡Como poco!

Un ruido fenomenal distrajo la atención de todos. Damiano, harto de todo, había descargado un puñetazo sobre el lateral del ropero y se quejaba amargamente a voz en grito:

—¡¡Qué pasa!! ¿No se ha explicado ya? Mi mujer se equivocó al traerla.

—No discuto eso. Simplemente digo que es extraño ver una cama así. También María explicó el porqué de la polea en la viga, pero ello no quita que sea extraña su presencia.

—¿Dónde quiere ir a parar? —preguntó don Alfonso al que lo que estaba ocurriendo le parecía impropio, si no irreverente, ante un difunto.

—¡Cliseo! —llamó el sargento sin hacer caso al cura.

—¡Mande!

—¿Qué hiciste ayer durante el día?

—¡Trabajar como un borrico! Por la mañana me metí con el campo de las tomateras arrancando todo lo…

—No es necesario que sigas. Solo quiero saber si, a la hora de acostarte, estabas cansado.

El hombre abrió los brazos y fue Evarista la que contestó:

—Muertecico me vino el pobre, que no se aguantaba en pie. Tres peroles de migas y dos morcillas enteras se comió pa la cena y aun tuve que darle un tazón de leche con bollos después.

—Ya. Es decir, con el cuerpo cansado y arrastrando una digestión algo pesada…, no dejó de oír el grito de la tía Angustias, ¿verdad?

—¡Cómo quiere que no lo oyese! Todos los que vivimos cerca lo oímos: nosotros, la Críspula y el Fruti y usted mismo.

—Otra cosa rara —afirmó Porras—. Damiano y María no se despertaron por el grito sino porque aporreamos la puerta después.

—Tampoco se despertaron los niños —observó María.

—Esos —dijo alguien— son como topos. No los despierta nada.

—Exacto. —El sargento estuvo de acuerdo— Le pasa lo mismo a Iluminado que es como una marmota; ese es otra cosa rara.

Varias miradas se desviaron hacia el agente que montaba guardia en la puerta con mucha dignidad y mantenía la vista perdida en el infinito.

—Y para cosas raras: Las equivocaciones del ladrón de almas. Según dice Bernarda, se confundió, por dos veces, buscando en el desván antes de dar con su objetivo.

—¿Qué valor tienen las palabras de una bruja? —exclamó, más que preguntó, el padre Alfonso.

—¡Eso! —apoyó Damiano—. No hay que hacerle caso.

El conjunto de los presentes pareció estar de acuerdo con el dueño de la casa y se reanudaron, entre murmullos, los comentarios y frases amenazadoras en contra de ‹‹la bruja››.

—Todas esas cosas sumadas a la desaparición de una linterna y de la llave de un armario han hecho que llegara a determinadas conclusiones.
››La tía Angustias murió la noche pasada víctima de un segundo infarto de miocardio…

—¡Es lo que decía yo! —exclamó Damiano, casi sonriendo, satisfecho de que, al fin, la razón recuperase su trono.

Porras obvió el comentario y continuó:

—Dicho infarto fue causado por un susto mortal y dicho susto por los actos premeditados que a continuación explicaré.

Continuará


Comparte

2 comentarios en “La tía Angustias ha muerto 4”

  1. ¡Ja, ja! Esta vez me has pillado, Iramesoj. Gracias mil por avisar. ¡Bienvenido seas por aquí!
    Tienes razón. Quería decir muertecico. Lapsus digitorum!. Una erre escurridiza que se esconde entre la e y la te. ¡Y eso que van las tres seguidas! Pero, en fin, ya está arreglado. Los que lean esto sin haberse fijado antes en el fallo se quedarán un poco desorientados y torcerán el gesto. Lo dejaremos como un intríngulis más de la historia. ¡Chitón!, no se lo digas a nadie.
    ¡Abrazos!

Deja un comentario