La tía Angustias ha muerto 3

La tía Angustias ha muerto 3

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Capítulo 3

La tía Angustias estaba rodeada de un grupo de vecinos piadosos.

Porras, antes de llegar, había pasado por su casa para telefonear al ayuntamiento de Arnansué, municipio del que dependía el núcleo de Casones. Le dijeron que no intentara acercarse porque la N-260 estaba cortada entre Laspaúles y Castejón; todo el Pirineo oscense estaba bloqueado. 

—Buenos días —saludó al entrar.

Pese a ser casi mediodía, la habitación estaba en semipenumbra.

—¿Por qué no encienden la luz de la cabecera? —preguntó—. No se ve nada.

—Ya lo hemos intentado —informó el agente—, pero no funciona.

Volvió a hacerse el silencio. Solo se oía el susurro de las oraciones de las beatas.

Iluminado hizo una seña a su tío y salió del cuarto.

—Se habrá ido a mear, el pobre —dijo el Fruti al oído del sargento—. O a meter algo en la tripa, que ha de estar desmayaíco.

Se equivocaba solo a medias porque volvió con la boca llena, pero no había salido solo a eso.

—Mira, tío. —Traía un rollo de cordón eléctrico con una bombilla en un extremo y un enchufe en el otro—. Como hay poca luz y no funciona la de la cama… Pienso que servirá para iluminar donde la difunta.

Porras reconoció que, por una vez, su sobrino había pensado algo útil.

—¡Damiano! —llamó.

—¡¡Chsss…!! —murmuraron las beatas.

El dueño de la casa preguntó desde abajo:

—¿Qué se me quiere?

—¿Dónde hay un enchufe cerca de la cama?

La luz se encendió, pero se les planteó un problema: no sabían de dónde colgarla. Iluminado, que tenía un día inspirado, hizo honor a su nombre y tuvo otra idea. Se fue junto a la ventana y, aprovechándose de su altura, solo tuvo que estirar el brazo para llegar a la polea que había en la viga y que casi mata al cura. La desatornilló y se acercó al lecho mortuorio.

—Antes he visto por aquí un agujerico, tío —dijo señalando otra de las gruesas vigas—. Si encaja esto, lo tendremos arreglado.

Probó y el artilugio quedó fijado en menos de medio minuto.

—Ni hecho adrede, tío. Ha encajado a la primera.

***

El matrimonio Perales empezaba a estar harto de ver su domicilio invadido.

—Tendríamos que poner a la tía Angustias en la entrada —decía María—. O, mejor aún, haber hecho caso al padre Alfonso y llevarla a la sacristía.

Estuvo a punto de producirse un incidente desagradable cuando Porras quiso subir a la buhardilla. El dueño de la casa, fuera de sí, le cortó el paso diciéndole que se metiera en sus asuntos en vez de fisgonear en casas ajenas y fue en vano que el sargento intentara hacerle ver la diferencia entre fisgonear e investigar. Tuvo que ser Iluminado, haciendo valer a modo de amenaza su corpulencia, quien disuadiera al iracundo Damiano.

—Pregunta si tienen una linterna —dijo el tío al sobrino, una vez resuelta la situación, tras comprobar que el desván carecía de instalación eléctrica.

El sargento se acercó a la ventana, desprovista de cristales, y comprobó que desde allí se veía perfectamente la casa de Bernarda.

—Se ha perdido.

El guardia había regresado y habló a dos palmos del cogote de su tío que dio un respingo y pronunció una blasfemia.

—¡Maldita sea! Me has asustado. ¿Qué se ha perdido?

—La linterna. Los niños la han buscado en su sitio: el primer cajón de la cómoda de la entrada, pero no la han encontrado. María asegura no haberla visto desde hace ya varias semanas. He traído esto.

Enseñó un par de velas y una caja de cerillas.

Lo que se podía ver allá arriba era tan poco que con la luz de las velas sobraba; un baúl vacío en un rincón y un saco lleno de trapos y ropa vieja al lado que, por las marcas que había dejado, debía haber sido arrastrado hasta allí. Esparcidas por el suelo, había virutas de caña, restos de cordeles y un rollo de alambre enmohecido.

***

—Mírala —dijo el sargento señalando la ventana.

La luz de casa de la bruja se acababa de encender.

—Es Bernarda —dijo Iluminado—. ¿Nos estará mirando ella a nosotros?

El tío movió la vela de un lado a otro y la tétrica silueta, recortada al contraluz, dio muestras evidentes de devolver el saludo haciendo señas con los brazos.

—Sí. Nos estaba mirando.

El sobrino, en cambio, miraba otra cosa.

 

—Esta gente —decía con media sonrisa mientras enseñaba a su tío un agujero en una de las vigas— se pasa la vida poniendo clavos.

—¿Para qué lo harán?

—Solo se me ocurre que hayan puesto alguna vez una cuerdecica para tender la ropa los días de lluvia. Seguro que si buscamos, encontramos un agujerico igual en el otro lado.

Lo hicieron y resultó cierto el vaticinio del agente Iluminado Porras. El sargento Agapito Porras pensó que su sobrino era menos tonto de lo que parecía.

 

***

—Ave María Purísima.

Acababa de entrar en la estancia el padre Alfonso y todos contestaron:

—Sin pecado concebida.

La noche había ido cayendo lentamente sobre Casones sin que nadie se apercibiera de ello y cuando un corte de electricidad apagó la bombilla, todo quedó negro por un instante. Al volver a encenderse, los concurrentes suspiraron con alivio y se requirió de la casa alguna vela ‹‹por si acaso››.

 

El padre Alfonso anunció que se proponía rezar un rosario por el alma de la tía Angustias y, unos minutos después, todo el pueblo estaba apelotonado en la habitación de la difunta.

Las oraciones se iban sucediendo, repitiéndose una y otra vez, mientras la temperatura de la estancia aumentaba lentamente a causa del número de personas congregadas. Se respiraba un clima de paz al que contribuía el olor de la cera quemada. Y todo ello solo era interrumpido, de vez en cuando, por algún parpadeo o pequeño corte de electricidad.

 

Acabadas las diez Avemarías, el Gloria y la jaculatoria correspondiente al último de los cinco misterios, que fueron dolorosos porque era viernes, se decidió concluir con el rezo de la letanía de los Santos.

Tras un rato de la monótona serie de invocaciones y ruegos, la mayoría de los presentes comenzaban a dar señas de hallarse en un estado de somnolencia.

Y la letanía continuaba:

—Santa Inés,

—Ruega por nosotros.

—Santa Cecilia,

—Ruega por nosotros.

—Santa Anastasia,

—Ruega por nosotros.

Un brevísimo respiro.

—Todas las santas vírgenes y viudas,

—Rogad por nosotros.

—Todos los Santos y santas de Dios,

—Interceded por nosotros.

Otro respiro.

—Muéstratenos propicio,

—Perdónanos, Señor.

—Muéstratenos propicio,

—Escúchanos, Señor.

De nuevo otro respiro. Este más largo porque el padre Alfonso se tuvo que limpiar la nariz que le destilaba.

—De todo mal,

—Líbranos, Señor.

—De todo pecado,

—Líbranos, Señor.

—De tu ira,

—Líbranos, Señor.

—De la muerte súbita e imprevista,

—Líbranos, Señor

—De las asechanzas del demonio…

Un ruido inesperado en la escalera. La oración interrumpida. Todas las caras vueltas hacia la puerta. Silencio general, ojos fuera de las órbitas y aliento contenido.

Coincidiendo con el enésimo apagón, en la habitación entraba Bernarda con una luz en la mano.

Continuará


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2 comentarios en “La tía Angustias ha muerto 3”

  1. ¿Santa Inés, santa Cecilia y santa Anastasia? No son santas muy conocidas en general, deben ser muy importantes en este pueblo ficticio, porque si no, resulta chocante esa oración. Este tercer capítulo es menos sorprendente, como si fuera una situación más cotidiana. Habrá que ver como sigue el 4.

  2. ¡Hola otra vez, Iramesoj!
    La letanía de los Santos es una oración que se reza siempre de igual forma. Que yo sepa, solo se añade el ruego a un santo o santa lugareño o expresamente indicado por la fecha o celebración que se lleve a cabo. Inés, Cecilia y Anastasia están incluidas en la redacción de esta historia con objeto de dar cierta fluidez al tiempo que se transmite la sensación de monotonía. Si te lees la letanía entera, antes de llegar a esas tres santas verás que se ha invocado a muchas y muchos más.
    Me decidí a empezar con el ruego a santa Inés porque creí que era la mejor forma de llegar al clímax que supone la velada invocación al Maligno De las asechanzas del demonio… de la forma más rápida posible, pero dando y transmitiendo la sensación de monotonía rutinaria que caracteriza al rezo del rosario.
    ¡Abrazos!

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