La tía Angustias ha muerto 2
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Capítulo 2

 

La escena anterior casi acabó en tragedia. La estola que llevaba don Alfonso, agitada por el aire, se enredó con algo que sobresalía de una de las vigas y, al perder él el equilibrio y caer, quedó colgado por el cuello, sin atinar a levantarse a causa de los nervios.

Porras lo sujetó mientras Fructuoso desenganchaba la estola. Entretanto, las tres mujeres consiguieron cerrar la ventana, devolviendo una relativa normalidad al ambiente.

—¿Qué demonios hace eso ahí?

La pregunta del sargento no iba dirigida a nadie; era más bien una exclamación. María, muy agitada por lo ocurrido, no lo entendió así y contestó, sonando sus palabras casi como una disculpa:

—Es de cuando en esta alcoba no había electricidad. Servía para colgar un candil y poder subirlo y bajarlo.

El policía entendió lo que la mujer explicaba al fijarse en que el artilugio era una pequeña polea que se hallaba atornillada en la madera.

—¡Cliseo! —llamó Porras sin hacer caso de la mujer.

—Mande, sargento.

—Vaya a buscar a mi sobrino. Dele fuerte a la puerta porque es como una marmota y le cuesta despertarse.

Iluminado Porras medía casi dos metros de altura y pasaba de los cien kilos de peso. Era el sobrino del sargento, también pertenecía al cuerpo de la policía municipal del municipio de Arnansué, pero no tenía graduación.

—Te vas a quedar en esta habitación hasta que vuelva yo por la mañana —dijo el sargento al guardia cuando este llegó.

—¿Todo el rato? —se quejó el otro.

—Sin salir para nada, ¿entendido?

—Sí, tío —y añadió tras un breve instante de duda—: Voy a desalojar antes, por si acaso.

*

A las siete y media, tras algo más de cuatro horas de sueño, Porras volvía a salir de su casa. El viento y la tormenta habían cesado. Ahora nevaba copiosamente y un grueso manto de más de un palmo cubría el suelo. Desde la puerta, miró la ventana de la alcoba de la tía Angustias y se dijo que su sobrino podía esperar un rato. Así pues, se alejó en dirección contraria atravesando el prado hasta el camino del linde del bosque que conduce al domicilio de Bernarda.

Empezaba a amanecer. La luz blanquecina y lechosa permitió que el sargento se apercibiese de que, poco antes, alguien le había precedido en su andar. Quien fuera calzaba un número pequeño y usaba zapatos, o botas, muy puntiagudas.

Llegado a su destino, llamó a la puerta con insistencia sin obtener respuesta. Dio la vuelta al caserón y en la parte trasera descubrió de nuevo las huellas que viera antes en el sendero. Se adentraban en el bosque y dudó en aventurarse porque no seguían ningún camino y la niebla limitaba la visión. Le ayudó a decidir el hecho de que, al asomarse al interior de la espesura, comprobara que las estratificadas copas de los abetos, actuando como un gigantesco paraguas, no dejaban pasar apenas los copos de nieve y la niebla era escasa, levantándose solo en forma de jirones de los charcos y el musgo. 

Avanzó con precaución y notó que la temperatura ascendía. Eso lo animó a seguir y anduvo durante unos minutos hasta que se dio cuenta de que la luz había ido disminuyendo poco a poco y de que no sabía bien dónde estaba. Dio una vuelta sobre sí mismo y todo le parecía igual. De vez en cuando, desde lo alto, se filtraba algún finísimo atisbo de claridad que no hacía sino desorientarlo más. Tenía la sensación de hallarse en el interior de una inmensa catedral gótica iluminada únicamente por un solitario cirio.

El corazón le dio un vuelco. ¿Era música lo que se oía a lo lejos? Caminó en dirección al lugar de donde venía el sonido y cada vez lo escuchaba con mayor claridad. Alguien cantaba; no era una sino varias las voces que se oían entonando una melodía extraña que encogía el alma.

Corrió hacia el origen de aquella extravagante sinfonía y de pronto se vio frenado por un muro de color verde muy pálido que se alzaba ante él. Los cánticos, muy definidos ya, sonaban justo detrás. ¿Cómo se llegaba hasta allí? ¿De qué manera se podía atravesar el muro? ¿Existía alguna puerta? Extendió sus brazos con precaución para tocar con las manos aquella glauca pared, pero no podía llegar a hacerlo.

De pronto se dio cuenta de que ya no veía sus manos; se habían adentrado en el muro sin llegar a notar contacto alguno. Avanzó muy lentamente medio paso y sus brazos se hundieron hasta el codo en aquella fantasmal construcción verdosa que, vista desde cerca, parecía gozar de vida propia. Sin pensarlo más, contuvo la respiración y se lanzó hacia delante. Durante un segundo perdió el mundo de vista para, sin solución de continuidad, quedar cegado por una brillante luz y notar un intenso calor.

No tardó en descubrir que se hallaba en un pequeño claro del bosque y que la luz y el calor procedían de una enorme hoguera. Alrededor del fuego bailaban y cantaban tres mujeres de las cuáles dos, al verlo a él, salieron corriendo despavoridas como alma que lleva el diablo. Detrás suyo, ahora lo veía claro, lo que había era una pared de niebla que, iluminada por el fuego, reflejaba el color verde de la hierba; allí, por efecto del calor, la nieve se había derretido y la humedad del suelo, convertida en vapor, se levantaba en vertical convirtiendo el claro en una gran habitación sin techo.

Bernarda, la mujer que no había huido, lo miraba con altivez.

—No me das miedo —mintió.

—Tampoco tú a mí —mintió Porras a su vez.

—Esta noche ha ocurrido un suceso espantoso.

—Lo sé.

—No.

—¿Qué quieres decir?

—Crees, como el resto de los habitantes de Casones, que la tía Angustias ha muerto.

—¿Y no es así?

—Sois todos unos ignorantes.

El sargento no esperaba tal acusación y decidió mantenerse a la expectativa hasta que Bernarda se explicara.

—Le han robado el aliento —continuó la bruja—. Un aborrecible ser del submundo, mezquino y envidioso, ha entrado en la alcoba de la desdichada cuando las campanas daban las doce; momento confuso que no pertenece ni a un día ni a otro. Y, aprovechándose de tal circunstancia, deslizando su nauseabundo cuerpo por el aire, sin tocar el suelo, se ha acercado a ella y le ha arrebatado el espíritu.

››Yo lo he visto desde mi casa. Hacía ya dos noches que lo intentaba, pero su necedad e insensatez le hicieron errar en ambos intentos porque confundía la habitación de su víctima con el desván de la casa. Sin embargo, la tercera noche acertó.

››Angustias —era la primera vez que Porras oía llamar a aquella mujer por su nombre a secas, sin el tía delante— se debatía, luchaba, resistió hasta el último momento, pero el otro fue más fuerte y salió del lance con lo que había ido a buscar.

››Ahora, con las dos amigas generosas que tu presencia ha ahuyentado, hemos confeccionado una infusión.

—¿Una infusión?

El sargento no ganaba para sorpresas.

—Sí. Lo que vosotros, en vuestra cultura ruin, llamáis pócima o encantamiento. Es la única forma conocida, desde la noche de los tiempos, para que, usada como se debe, libre al espíritu de Angustias de vagar eternamente en los confines del inframundo, convertida en una almeta.

Porras miró a la mujer y esbozó una sonrisa. Solo había que sustituir la pócima, o infusión, por las oraciones y cambiar el nombre del ladrón llamándolo ‹‹Ángel Divino›› en lugar de ‹‹aborrecible ser del submundo››, para darse cuenta de que Bernarda y don Alfonso coincidían en todo.

Continuará


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5 comentarios en “La tía Angustias ha muerto 2”

    • Gracias por estar aquí, leer y comentar, Aylavella.
      Pues sí. Ese es el intríngulis de las publicaciones por entregas.
      ¿Qué pasará el jueves que viene? ¿Se aclarará lo ocurrido? ¿Empezará a vagar el espíritu de la tía Angustias, convertido en almeta, metiendo miedo y cizaña entre los habitantes de Casones?
      El día 27, la respuesta.

  1. Ha acabado interesante. Por cierto, en cuanto llega a ese sitio se veía venir que tendría que ver con Bernarda.

    Lo que no entiendo es por qué Iluminado Porras dice que va a desalojar. Eso se contradice con que no va a salir de su cuarto.

  2. Hola, Iramesoj. Otra vez muchas gracias por tu participación.
    Fíjate en que Iluminado no dice voy a desalojar sino Voy a desalojar antes, por si acaso. La clave está en antes.
    Este es un intento de, con cierto humor que pretende ser simpático, recalcar el carácter rural o pueblerino. No sé de ningún urbanitas que use la expresión desalojar para decir orinar, hacer pis o, más a lo basto, mear.
    Y sí. Tienes razón. Estaba cantado que tras la glauca pared iba a aparecer Bernarda. Ya había advertido de que el relato era muy naif.
    ¡Un abrazo!

    • Gracias por aclarar. Admito que pensé en la posibilidad de que con desalojar se refiriera a necesidades fisiológicas, pero no lo veía nada claro, y preferí dejar el comentario como estaba, ya que veía tan posible que te refirieras (o que se refiriera Iluminado) a eso como que yo estuviera interpretando lo que no era. Y era un poco comprometido para mí decir “no entiendo por qué dice que va a desalojar si se tiene que quedar en la habitación, ¿o se refiere a ir al baño?”. Un saludo 🙂

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