La tía Angustias ha muerto 1
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Capítulo 1

El sargento Porras llegó pocos segundos después que Cliseo y Evarista y, al verlos, pensó que el grito también los debía haber despertado a ellos. Los tres aporreaban la puerta sin obtener respuesta.

—Creo que ha sido la Tía Angustias —dijo Evarista agitada, volviendo a llamar.

Así estuvieron unos minutos más hasta que Damiano abrió malhumorado, en pijama y con un chaquetón por encima.

—¿Qué leches os pasa? —espetó sin saludar siquiera.

El sargento se adelantó.

—¿Por qué ha gritado así la Tía Angustias?

El fuerte viento dificultaba la comunicación y hablaban muy alto.

—¿Quién dice que ha gritado? —contestó, airado, el dueño de la casa—. Yo no he oído nada. Duermo desde las diez y media. —En aquel momento, las campanas de la iglesia repicaban las doce de la noche. Se volvió y preguntó a su mujer que se acercaba por detrás, despeinada y con cara de sueño—: ¿Has oído tú algo?

Hacía un frío endemoniado y el viento arreciaba cada vez con más fuerza. Todavía no nevaba, pero la tormenta hacía resonar su voz entre las montañas e iluminaba por momentos la escena, dando a las sólidas casas de piedra y pizarra un aspecto fantasmagórico y poco acogedor. Continuaron la discusión en la entrada, protegidos de la cruda intemperie. Al final decidieron que, para salir de dudas, lo mejor era subir a la alcoba de la vieja. Damiano y su mujer intentaron proteger su intimidad oponiéndose, pero fue en vano.

La comitiva corrió escaleras arriba y empujaron la puerta de la alcoba. Entraron con cuidado. Estaba oscuro. De repente, un rayo permitió a Porras ver la cama. Fue muy corto, pero tuvo bastante; no era el primer ni el segundo muerto que veía y supo reconocerlo.

Encendió la lámpara que pendía del techo y Las exclamaciones de sorpresa y espanto invadieron la estancia.

—¿De dónde salen ustedes? —preguntó, muy atiesado, el sargento a Fructuoso y a Críspula, otros vecinos del pueblo, que se habían unido al coro—. ¿Cómo han llegado aquí?

—¡Rediós! —exclamó la mujer—. Pues como todos: ¡Por la escalera! Nos hemos acercado por el grito de la Tía Angustias y, como la puerta de la calle no estaba cerrada del todo, hemos entrado y ¡aquí estamos!

El sargento los miró con recelo y anunció:

—La Tía Angustias está muerta y no se puede tocar el cuerpo hasta que venga un juez.

—¡Anda ya! —exclamó ‹‹el Fruti››—. ¡Leches de jueces que no sirven pa na! Voy a buscar al que hace falta.

Se quedó mirando un momento a la muerta y reflexionó para sí desviando la vista hacia el matrimonio Perales, los sobrinos: «¡Al final vais a heredar! ¡Estaréis contentos!». Y es que la Tía Angustias había sufrido un infarto de miocardio tres meses antes y, para desesperación de Damiano y María que se veían ya en posesión de la fortuna de la vieja, había sobrevivido. 

En ese momento se cortó la luz y cuando diez segundos más tarde volvieron a verse las caras, Fructuoso ya había salido.

—A la pobre le habrá repetido el arrechucho y se ha quedado como un pajarico —Dijo María apenada.

Siguió una corta discusión que Porras sabía perdida de antemano y, entre las tres mujeres, recompusieron el cadáver que yacía sobre el lecho, encogido y con los brazos de forma que parecía querer protegerse de algo.

Cuando acabaron, mientras el policía municipal seguía protestando sin que nadie le hiciera caso, Críspula fue al ropero a por una sábana limpia para cubrirla. Como estaba cerrado con llave, se la pidió a María que afirmó no saber su paradero.

—Hace años que está perdida; nadie abre esa puerta —dijo indicando que toda la ropa de cama se guardaba en el armario de su cuarto—. Ahora traigo una limpia.

Cuando lo hizo, resultó ser un poco pequeña.

—Me he equivocado y he cogido una de las mías —reconoció la mujer nerviosa.

—No te preocupes por que se le salgan los pies —la calmó Evarista—. Total, la pobre Tía ya no se va a revolver.

Alguien llamó a la puerta. Damiano bajó a abrir y, al poco, una voz aflautada saludaba:

—Ave María Purísima.

—Don Alfonso —saludó Porras, seca pero educadamente con una ligera inclinación.

Evarista y Críspula lo hicieron de forma más efusiva.

—¡Padre Alfonso!

—¡Padre Sebastián!

Exclamaron, por orden, mientras besaban la mano del cura.

Alfonso Sebastián, el gordinflón sacerdote se acercó a la difunta y se santiguó.

—Quizá quiera rezar ella también —dijo el sargento, coincidiendo con un segundo apagón que duró incluso menos que el primero.

Lo hizo expresamente para fastidiar a don Alfonso. Señalaba hacia la ventana del fondo, a través de la cual se veía a lo lejos una mancha amarillenta en la fachada de la casa de Bernarda y, dibujada al contraluz, la silueta de una mujer que desafiaba a la tormenta danzando en la terraza.

—No me parece oportuno mentar a ‹‹la bestia›› en un momento como este —manifestó el sacerdote de la forma más solemne que pudo.

Críspula, Evarista, María y Damiano murmuraron sendas jaculatorias y se santiguaron. Fruti, que es quién había ido a buscar al vicario, hablaba en un aparte con Cliseo. El sargento insistió:

—Si nosotros la vemos a ella, forzosamente ella nos ha de ver a nosotros. Quizá sepa lo que ha ocurrido a las doce en esta habitación.

—Esta noche ha ocurrido aquí —tronó, todo lo que podía tronar la voz casi infantil de don Alfonso— que Dios ha enviado un Ángel a recoger el alma de esta mujer que su cuerpo, débil y corrompido como todo lo que es carne, no podía ya retener en este miserable mundo.

››Esa infame mujer… —señalaba la silueta de Bernarda que seguía contorsionándose desafiando la intemperie—. Ese ser del averno, entregado al pecado, está ahora mismo retorciéndose de dolor. —Don Alfonso se había puesto rojo por efecto de la ira y gritaba más que hablaba—.  ¡Sí! El dolor que le ha producido la cercana presencia de un ser divino que, como nosotros en este instante, quizá ha posado su vista, a través de esta ventana, en la mansión de Lucifer.

Bernarda, la extraña mujer que vivía en aquel alejado y tétrico caserón, al otro lado del prado, junto al bosque, que ahora se veía de forma intermitente cada vez que la iluminaba un relámpago, no era bien querida en el pueblo y, mucho menos, por don Alfonso. La gente hablaba de ella, los que se atrevían a hacerlo, llamándola ‹‹la bruja››.

—¡Oremos! —exhortó el vicario arrodillándose junto al lecho de la Tía Angustias.

Todos lo imitaron excepto Porras que seguía mirando por la ventana.

El temporal se había recrudecido. El viento silbaba al colarse por las rendijas de las ventanas y solo dejaba de oírse cuando un trueno apagaba su voz con la suya más fuerte. La tormenta estaba sobre ellos, a muy corta distancia, y el resplandor del relámpago coincidía casi con el retumbar de su propio sonido.

De nuevo se fue la luz, pero esta vez por más tiempo. El viento arreciaba cada vez con más fuerza hasta que, en un momento dado, coincidiendo con uno de los más cegadores resplandores, cedió el anclaje que sujetaba el cierre de la ventana. Esta se abrió con estrépito y la alcoba se inundó de un aire helado. Todos se volvieron hacia allí pudiendo ver con claridad la siniestra mansión de Bernarda.

La silueta de la bruja seguía distinguiéndose dibujada al contraluz, hasta que un rayo la iluminó por completo; entonces vieron que no bailaba sino que se hallaba entregada a un extraño ritual de gestos casi espasmódicos.

El padre Alfonso se levantó impulsado por la ira, corrió hacia aquel agujero que había quedado abierto al exterior y se quedó frente a él con los brazos abiertos. En esa postura, sorprendió a los reunidos con una potencia inaudita de voz que resonó en todo el valle al gritar:

Vade retro, Satana!

(Continuará)


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8 comentarios en “La tía Angustias ha muerto 1”

    • ¡Hola! Gracias por leer y comentar.
      Anecdótico, pero trascendente: El comentario que acabas de dejar, Aylavella, inaugura esta parte del blog en su nueva etapa ya que es el primero.
      En cuanto a lo que pasará en Arnansué… ¡Ah! El jueves que viene sabremos un poquito más. Y mira que es rarilla la Bernarda esa, ¿eh?

    • A mí me encanta que te encante, Eva. Y mucho más todavía que te hayas tomado la molestia de escribir tras la lectura. ¡Gracias!
      El jueves que viene, ya sabes: ¡El capítulo 2! No quiero adelantar nada. Faltaría más que el propio autor destripase la historia, pero ¿imaginas lo que puede pasar si se encuentran cara a cara don Alfonso y Bernarda? ¡Ay, ay , ay!

    • ¡Ja, ja! Ya te había dicho que era una historia tontorrona con toques de humor socarrón.
      Son todo personajes muy simples, casi de viñeta de cómic, que evolucionan de manera más simple todavía.
      ¡Gracias por pasarte y comentar!

  1. Son curiosos los nombres ridículos de los personajes, así como la baja estofa que muestran con algunos comentarios o con el hecho de lamentar que alguien no haya muerto porque deseaban heredar. El personaje de Bernarda me gusta. Ese tipo de personajes extraños y misteriosos me suele resultar atractivo. La narrativa es de lectura sencilla y eso suele venir bien cuando se trata de textos leidos en pantalla. Al menos a mí me cuesta más la pantalla que el papel.

    Y salvo que al final pone “Satana” en vez de “Satanás”, no veo errores de escritura. Puede que sea un texto sin grandes pretensiones, pero está cuidado, como debe ser

    • Hola, Iramesoj.
      Yo no diría que los nombres de los personajes son ridículos. Quizá, si me apuras, admitiré que son chuscos o pueblerinos. La intención al escogerlos es crear ambiente rural. En la España profunda es, o ha sido, tradición bautizar a los recién nacidos con el nombre de “el santo del día”. Ese es el motivo de que si un niño (no niña) nace el día de santa Margarita, tenga que cargar durante el resto de su vida con el nombre de Margarito. (Conozco personalmente a un Tereso. A sus noventa años, todavía es conocido como Teresito. El pobre nació un 15 de octubre).
      En cuanto al nombre del demonio, observa que está escrito en cursiva como el resto de la locución (vade retro, Satana!). Es una frase que no está en español sino en latín (de ahí el uso de cursiva); significa: ¡Retrocede, Satanás!
      En nuestra lengua madre no se abre (abría) la admiración ni el interrogante, tampoco se usaba la tilde (Satana es palabra esdrújula).
      Hechas las debidas aclaraciones, solo me resta agradecerte con auténtica emoción tus comentarios y, sobre todo, el hecho de que hayas leído la historia. Ese es el mayor premio que puede recibir quien se dedica a escribir, ser leído.
      ¡Un abrazo muy fuerte!

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