El cetro de Ottokar

El cetro de Ottokar

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Quizá resulte extraño iniciar este blog hablando de un cómic infantil aunque, hay que reconocerlo, la historia que se narra en él está envuelta de misterio y la trama repleta de actos delictivos de la peor especie. Pero todo tiene su explicación; se trata de un arrebato de sentimentalismo nostálgico
Hace… ¡Ejem! Dejémoslo en que hace muchos años, un veintitrés de abril, vía regalo de una prima, ¡bendita prima!, llegó a mis manos este álbum. Hacía poco más de un mes que, de mano de la «señorita Rosita» que se encargaba del primer curso de párvulos en el colegio de Los Escolapios de Vilanova i la Geltrú (Villanueva y Geltrú entonces), había comenzado a dar mis primeros pasos en el universo de la palabra escrita. Dicho de forma menos cursi: estaba aprendiendo a leer.
No sé si mi madre y su hermana, es decir, la madre de mi prima, mi tía, lo hicieron de forma calculada, pero el caso es que aquella joya llegó hasta mí en el momento más oportuno y se convirtió, ipso facto, en el mejor de los libros de texto que he poseído a lo largo de toda mi vida. Fue en los «bocadillos» de sus viñetas donde comencé a juntar las letras primero y a silabear después para acabar, sin solución de continuidad, siendo capaz de abstraer el significado del texto.
Queda explicado, pues, el hecho de que el joven periodista y, en concreto, El cetro de Ottokar hayan sido objeto del primer artículo de este blog. Sirva de humilde homenaje a Tintín, a Hergé, a las personas que me enseñaron a leer y a escribir y ¡a mi prima!
Y dicho lo que se tenía que decir, dejad que comente el libro aunque sea muy por encima ya que, a estas alturas, no se puede añadir nada que no haya sido repetido hasta la saciedad.
A partir del fortuito hecho de encontrar una cartera olvidada sobre un banco de un parque público, el personaje protagonista de la historia se verá envuelto en una trama extraña que lo conducirá hasta la península de Los Balcanes, más concretamente a Syldavia, en donde se enterará de la existencia de una conspiración para derrocar al rey Muscar XII y de las claras intenciones de invasión por parte del pías vecino, Bourduria.
Las aventuras de nuestro héroe en semejante marco constituyen la base del relato. Este fue capaz de despertar el interés de aquel niño que comenzaba a leer (ayudado por sus mayores, naturalmente) y de cientos de miles más, seguro que millones, a lo largo los cerca de ochenta años transcurridos desde su primera publicación.
Ninguno de esos niños, sin embargo, fuimos conscientes mientras nos deleitábamos leyendo y mirando los dibujos del álbum de que aquello no era un simple producto de la fantasía del dibujante, sino un reflejo de la realidad de la época, debidamente novelado.
El cetro de Ottokar ve la luz desde las páginas de Le Petit Vingtième entre los meses de agosto de los años 38 y 39. No es una coincidencia que muy poco antes de la primera entrega se hubiera producido la tristemente famosa Ansluchss mediante la que Austria quedaba anexionada a Alemania, pasando a ser una provincia del III Reich.
Si nos fijamos en los aviones de los bourdurios, sus uniformes y las tácticas de infiltración en el reino de Syldavia que Hergé describe, no nos costará identificar a este imaginario país con los nazis de la Alemania de Hitler. ¿Os habéis fijado en que el cabecilla del golpe se llama Müsstler? ¿Por qué? Mirad: Mussolini+Hitler.
En otro orden de cosas, mucho más ligero, me gustaría destacar un detalle curioso. En este álbum, el autor, a la manera del gran Hitchcock, deja su firma apareciendo de forma anónima en la siguiente escena (Observese la flecha roja)

De hecho, hay otra escena en la que aparece Hergé. ¿Sabe alguien cuál es? Os animo a que os entretengáis jugando como el que busca a Wally. Si la encontráis, escribid un comentario. Y si este atículo os ha parecido bien, podéis suscribiros al blog o, simplemente, volver cuando os parezca oportuno a ver qué hay de nuevo

¡Hasta siempre!


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