Corregir el texto

Corregir el texto

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La corrección del texto una vez acabada su redacción es una de los muchas tareas que debe superar el escritor antes de publicar su obra.

Todos, algún día,  hemos tenido entre las manos una de esas novelas que han salido a la luz sin haber cumplido dicho trámite; la impresión que nos ha causado, casi siempre, ha sido mala. Penosa a veces.
Y es que los escritores, del mejor al peor, somos personas y, como tales, nos hallamos sujetos a la imperfección natural del ser humano. ¿A quién no se le ha colado alguna vez un hecho del verbo hacer sin hache o del echar con ella? ¿Quién no ha tenido un lapsus al teclear y se le ha ido el dedo a la v en lugar de a la b o viceversa? (¡También es mala idea poner las dos teclas una al lado de otra!). En definitiva, todos estamos expuestos a cometer errores de bulto que, sin una revisión bien hecha, nos harían quedar francamente mal. No hablemos de las malas construcciones sintácticas, esas que cometemos todos habitualmente en el lenguaje oral y que suelen pasar desapercibidas. O de los vicios de expresión, lo que llamamos latiguillos. O…
Es innumerable la lista de agujeros por los que se nos puede colar el gazapo.
Alguien que no se dedique a esto de escribir o que carezca de suficiente experiencia se estará diciendo: ¡Qué tontería! De un escritor, se espera que conozca bien la ortografía de su idioma, así como las reglas básicas de la gramática. No tiene más que repasar con un poco de cuidado lo que ha escrito y se acabó el problema.
¡Pues no! Y si alguien no se lo cree, que haga la prueba.
El autor, cuando repasa su propio texto, no lee sino interpreta. El hecho de conocer el contenido del discurso hace que asigne este (el contenido) a la representación escrita del otro (el discurso) que tiene delante. En lugar de abstraer el significado de la jungla de signos que ve, otorga a estos el que previamente conoce. Naturalmente, dicho proceso siempre arroja un resultado parecido: lo encuentra bien. Solo los yerros muy groseros, y a veces no todos, son encontrados y pueden ser corregidos.
Lo más indicado, llegado el momento, es dejar la novela, cuento o lo que sea que hayas escrito en manos de otra persona que, libre de prejuicios, se hallará en mejores condiciones de analizar que uno mismo. Si esa persona, además, es profesional, mucho mejor. Sin duda alguna, este es el procedimiento que ofrece mayores probabilidades de éxito.
Existe, sin embargo, una considerable cantidad de autores noveles que no disponen de los medios para aplicar el método descrito. Los correctores profesionales, como es natural, cobran por realizar su trabajo y el oficio de escritor, salvo para unos pocos, no es de los que dan para “tirar cohetes”; más bien suele ser al contrario. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo puede uno corregir su novela sin dejar de comer para ello? Solución, lo que se llama solución, no la hay, pero la experiencia me ha enseñado un par de recursos que ayudan bastante. Para los dos, advierto que se necesita una buena dosis de paciencia aunque el resultado, casi siempre, merece la pena.

1 – El primer método consiste en grabar el discurso escrito.

El hecho de leer en voz alta supone un cambio suficiente como para que ciertos automatismos desaparezcan o, como poco, pierdan fuerza. Solo con eso, se suelen descubrir algunos de los fallos que nos habían pasado desapercibidos antes. Además nos queda la grabación para ser escuchada, lo que constituye un segundo nivel de depuración. Las cacofonías, las rimas y las cantinelas se ponen en evidencia.
Aconsejo a quien se aventure en esta técnica a que lo haga a conciencia. Al leer conviene hacerlo con auténtica entonación, teatralizando (va bien acompañarse del gesto aunque este no quede reflejado en la grabación). A los que no somos actores, nos ha de parecer que exageramos demasiado y aun y así nos quedaremos cortos.

2 – Esta segunda forma de localizar fallos y errores da por supuesto que se trabaja con un ordenador, pero esto, a las alturas que estamos del siglo XXI, parece lo más normal. Pocos deben haber hoy que escriban a mano.
La propuesta puede parecer tonta a simple vista, pero doy fe de que da resultado. Es algo simplísimo; se trata de cambiar la fuente. Si era “Times New Roman” de 12, pasar a, por ejemplo, a Segoe Print también de 12 o de 11. Haced la prueba y veréis la sorpresa que os lleváis. Cuesta reconocer lo que ha escrito uno mismo y eso es lo pretendido. Si encima el presupuesto da para un poco de papel y tinta, la cosa mejora ya que leerlo impreso supone otra variación añadida. También ayuda mucho leer al revés. Me explico: tras la lectura de un párrafo o un fragmento que hayas decidido antes, continúas con el anterior en vez de con el siguiente y, de esta manera, vas retrocediendo. Es parecido a lo que hacen los retratistas cuando le dan la vuelta a la hoja, consiguen que su cerebro se tenga que esforzar, abandone los automatismos y obedezca más a la voluntad del dibujante.
Y eso es todo por hoy. Como he dicho más arriba, no es la panacea ni asegura el éxito, pero ayuda lo suyo. A mí me ha ido y me sigue yendo muy bien. Aquí lo dejo por si a alguien le sirve.
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